Coffee Shop Soundtrack

«Ironically, successful people tend to fail a lot more than unsuccessful people. They also tend to ask a lot more questions.»

Tiempo

Borrador olvidado del 13 de septiembre de 2014.


Cuando se habla de revoluciones las fechas que se eligen son arbitrarias. Indicadores temporales que nos ayudan a darle sentido a cierto relato; momentos de quiebre entre algo que venía antes y lo que vino después. Nadie se acuesta en la Edad Media y se levanta en la Modernidad. Del mismo modo, cuando reconocemos en voz alta cómo hemos crecido o cómo han cambiado las cosas, las fechas que elegimos son puntos en el tiempo que nos permiten hilar todo lo que sucedió entre algún punto hace un tiempo y otro punto más reciente.

Soy muy bueno recordando fechas. Algunos médicos lo usaron como punto de apoyo a cierto diagnóstico dentro del espectro autista hace tanto tiempo que ya parece una vieja anécdota que hace mucho nadie comenta. A mi esas fechas me ayudan para darle sentido a todo lo que sucede; al relato que comienza con algún recuerdo poco antes de comenzar el jardín de infantes y se extiende hasta la conversación que tuve con mi portero cuando me sorprendió saliendo del ascensor cuando me dirigía a mi departamento. Y del mismo modo me gusta usarlas para marcar quiebres, mis propias eras biográficas. Sé que son arbitrarias, pero eso es parte del encanto y un aspecto fundamental del juego de narradores autobiográficos.

Supongo que mi propia revolución industrial, o mi 11 de septiembre, aquel antes y después que usé para distinguir todo lo que vino antes de lo que vendría después, sería el 3 de agosto de 2012. Y en retrospectiva tampoco fue el evento más importante, pero cumple con el objetivo. Con el privilegio de escribir desde el futuro puedo hacer propia mi historia y decir que todo lo que sucedió a partir de ese momento tuvo otro sabor y paleta de colores.

Unos días después supongo que ya había incorporado la idea de que este cambio de era biográfica había sucedido. De algún modo comencé a actuar como si ese fuera el caso. A veces elegir fechas nos ayuda a tomar posturas, a reforzar decisiones o a definirnos a nosotros en oposición a quien solíamos ser. Ninguna relevancia le encontramos al hecho de que somos la misma persona que antes, en favor de definirnos más firmemente. ¡Este es el nuevo yo!

Todo esto sucedió hace poco más de dos años. Del mismo modo que me incomoda cuando se habla de la revolución digital porque me incluyo entre aquellos escépticos que prefieren una postura ligeramente moderada respecto de indicar cómo todo ahora es distinto que antes, suele incomodarme pensar que lo que sucede ahora es esencialmente distinto de lo que sucedía antes, pero esta vez creo que haré la concesión. Procurando mantenerme lejos de las exageraciones, creo que mis últimos dos años fueron los más intensos de mi vida.

El 3 de agosto de 2012 me encontró con 23 años casi recién cumplidos, un noviazgo estable de más de dos años con una compañera de la facultad, un relativamente reciente empleo como investigador en tecnología orientada a la educación y desarrollador web para una dependencia gubernamental, un departamento en el que vivía solo hace unas semanas, una charla TEDx en mi haber, un diagnóstico en el espectro autista listo para estrenar, y de algún modo un cheque en blanco para darle sentido a todo eso del modo que yo quisiera.

Básicamente, ese 3 de agosto se presentó la posibilidad (por supuesto que arbitraria y caprichosa) de pensarme a mi mismo como transitando el primer día del resto de mi vida. Y traté de hacer de eso lo mejor que pudiera.

Supongo que todo proceso de autoconocimiento es proclive a sufrir algunas bajas. Apenas tres meses luego de aquel cambio epocal, me separé de mi ex novia. Llevábamos juntos más de dos años. Por supuesto que cualquier intento por dar sentido a algo complejo como una relación de pareja, y su ruptura, tiende a ser determinista y miope. Admitiendo esto, decidí terminar con nuestra relación por la frustración que generaba en mí su resistencia a ayudarme.

El cambio epocal que vivía desde el primer día me enfrentaba a todo tipo de descubrimientos. Por ejemplo, en las primeras semanas de la nueva era fui aprendiendo a leer expresiones faciales y a reconocer la diferencia entre la cara de tristeza, la de alegría, la de constipación y la de aburrimiento, entre otras treinta. Del mismo modo, aprendía a reconocer comportamientos de los demás y cuál podría ser la mejor manera de vincularme con las otras personas a partir de esos comportamientos. Cada semana me entusiasmaba más que la anterior, por primera vez desde que aprendí a hablar sentía que todo era distinto, que toda situación vivida, cargadísima de frustraciones como solía ser, estaba libre para ser redescubierta. Incluso me entusiasmaban aquellas situaciones que relacionaba más fuertemente con la frustración, como las reuniones sociales donde de hecho hay otros humanos con sus conversaciones y sus gestos y sus preguntas y sus chistes y yo sin brújula o intérprete que me oriente.

Era nuestro laboratorio, decía Candelaria, mi ingeniera cerebral. El trabajo que comenzó a partir del primer día de la nueva era implicaba desarrollar un kit de herramientas cognitivo que pudiera amurar en la parte de atrás de mi cabeza para llevar a todos lados y en toda (o casi toda) situación pudiera utilizar para no sentirme privado de recursos para lidiar con lo que viniera.

Pero cuando no se trataba de extraños, como los chicos que atienden el supermercado debajo del departamento o algún compañero de trabajo, la dinámica se veía particularmente favorecida por la colaboración. Dado que la nueva era había traído esa especie de reboot de la realidad misma donde todo estaba disponible para su redescubrimiento, poder contar con los habitantes de mi mundo privado para conversar conmigo y acompañarme era crucial para avanzar con paso firme sobre mi reconquista cognitiva.


Mi ex novia no apoyó el cambio epocal en ningún momento. Mucho antes de ese punto de quiebre, de la mismísima singularidad de agosto de 2012, insistía con que toda dificultad que yo tuviera era de algún modo una exageración mía. Fue por la insistencia de otras personas que efectivamente fui a sacarme la duda de si yo era un experto exagerador o si realmente era posible que la enorme nuez dentro de mi cráneo fuera ligeramente distinta a la de la mayoría de humanos. Y para sorpresa de muchos, incluyéndome a mi, eso dijeron. Es irrelevante para los fines prácticos si mi cerebro es normal, atípico, rosado o si brilla en la oscuridad. Lo relevante es que un equipo de personas me estaba diciendo “no hay nada malo con vos, simplemente algunas cosas te cuestan más que a los demás, pero podemos trabajar en eso.” Y a eso respondí “¡manos a la obra!”

(En realidad no respondí eso, pero puedo contar mi historia con las palabras que quiera e imaginarme vestido como Bob el constructor pero con un escalpelo, montado sobre Falkor de la Historia sin Fin.)

Ahí estaba yo, pagando una importante suma de dinero para que una persona me acompañara en la aventura de redescubrirme y el único costo para mi mundo cercano era considerar que aquellas cosas que yo hacía que podían molestarles muy probablemente yo no las reconociera. Podríamos resumir lo frustrante de mi noviazgo en la siguiente situación paradójica: yo hacía algo que a ella le molestaba, ella se molestaba y me lo hacía saber pero no me decía qué había hecho yo porque se supone que yo debía darme cuenta solo. Yo le explicaba que justamente lo que sucede es que muchas cosas de las que debería darme cuenta solo simplemente no me doy cuenta (y la explicación de eso era el condenado diagnóstico que marca este supuesto cambio de era). Ella negaba ese diagnóstico y yo me quedaba con la situación de estar haciendo algo que a ella le molestara completamente en la oscuridad. No sabía qué hacía que le molestaba, ella no quería decirme, yo no podía revertir mi comportamiento porque no sabía cuál era, y así y así.

Tres meses transcurrieron en esta nueva era, y decidí que no quería lidiar más con eso y me confié de que eventualmente podría aparecer alguien dispuesto a decirme aquello que le molesta o a indicarme aquellas cosas de las que o no me doy cuenta solo o me cuesta muchísimo hacerlo. (Spoiler alert: dos años más tarde esa persona no apareció)

Así que me separé, supongo que junté mucho coraje en esos noventa días. Sentía que podía comerme al mundo, ahora que contaba con nuevas claves epistemológicas para entender todo lo que sucedía a mi alrededor. Claro que a los minutos de que ella dejara las llaves de mi departamento y cerrara la puerta me moría de miedo. Tanto que decidí convertir ese miedo en distracciones. Pero cualquiera que me conozca sabe que mis distracciones tienen cierta tendencia a ser productivas. Aquel noviembre estuve involucrado en cuatro eventos y no paré. En su momento parecía mucho, pero ese nivel de actividad es más parecido a lo que actualmente hago en apenas una o dos semanas.

De a poco se iban cimentando bases que ahora se ven con tanta claridad. Fue en simultáneo al comienzo de la nueva era que Wazzabi comenzaba a tomar forma, primero como un grupo de WhatsApp y luego como la proto-estructura que un día se convertiría en lo que es hoy. Pronto comenzaría a circular mi nombre cuando se tratara de discusiones sobre ética hacker y movimiento maker. Pero no contaba con que sucediera nada de todo eso cuando me separé.

Autismo, del que no se nota

Pablo es tan curioso como yo. Y es un poco raro decirlo de esta manera porque no creo que la curiosidad pueda ponerse en una escala y ser comparada. Aunque sí creo que hay personas que le damos bola a la curiosidad, y otras que la dejan ahí tirada, como una bicicleta en el patio que cada vez que la pateamos nos recuerda que no la usamos, pero de la que no podemos deshacernos. Con Pablo ya nos conocemos hace bastante, y a mí me gusta imaginarme cómo Pablo me ve, porque siempre termino sorprendido de la imagen que tiene de mí. Después de todo, las amistades nos forjan reforzando la forma en que queremos que nuestros amigos, que nos conocen hasta el núcleo ferroso, nos vean.

En algún momento le comenté a Pablo que hace unos años una psiquiatra me diagnosticó Síndrome de Asperger, que ya no es reconocido como un diagnóstico, pero que en su momento era el modelo más cool de autismo que te podía tocar. Ese momento de “tengo que contarte algo” lo viví varias veces desde aquel diagnóstico, y siempre es más o menos igual. Bah, casi siempre. La reacción típica suele ser algo así como “ay, pero no se te nota nada”. No creo que alguna vez haya malas intenciones, pero intuyo que el comentario viene por el lado de una supuesta preocupación porque los demás se enteren de que de hecho a tu cerebro le faltó un poco de cocción.
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How will I break the news to you?

Hacía muchísimo tiempo que no me sentía absolutamente identificado en una situación con una canción.

Campeón de internet

No recuerdo el momento exacto en que conocí a Tomás, y de algún modo eso me alegra. Tengo excelente memoria, pero a veces algunos detalles no los registro, casi voluntariamente. Cuando conozco gente por demás interesante a veces se me activa una suerte de mecanismo de autopreservación diseñado para evitar luego sentirme mal. Funciona evitando que me haga ilusiones de formar un vínculo con esas personas, a tal punto de que puedo hasta comportarme innecesariamente distante o escéptico del interés de otra persona. Seguramente con Tomás nos cruzamos por Twitter, y él era representante de lo que yo encuentro por demás interesante.

Dejando todo eso de lado, comenzamos a hablar, seguramente por mensajes privados, y un día nos conocimos. Fui a su estudio y charlamos y nos fuimos a tomar una cerveza. Me había ofrecido una cámara para el documental que íbamos a filmar por Europa. Ese documental que surgió como una idea de fumados caminando por la calle, con pretensiones mucho más grandes que lo que podíamos cargar en la mochila, pero como aventureros que optamos por ser, lo hicimos igual.

Tomás confió en mí –y en la idea descabellada que teníamos– y se mostraba genuinamente interesado en mis opiniones e ideas. Aquella conversación entre cervezas, que recuerdo en retazos, me dejó con cierto espíritu victorioso. Ahí estaba yo midiéndome con un gigante, y pasándola muy bien.

Sería ridículamente desproporcionado decir que soy una persona empática o incluso sensible a la forma en que las personas son, pero de cuando en vez se me da por sacarle la ficha a cierto perfil de personas. En particular, a aquellos con quienes encuentro que puedo tener conversaciones en cierto registro y, más aún, que puedo adelantarme a las opiniones que tendrán sobre un tema en particular. Coincidentemente, esas opiniones suelen ser idénticas o asombrosamente similares a las mías. Eso mismo sucedió con Tomás y al día siguiente ya le estaba diciendo a Mateo –mi hermano plateado– que había sucedido, que había encontrado a otro como nosotros.

Y como suelo hacer cuando encuentro a un raro, rarísimo, especimen humano que comparte el cerebro sincronizado telepáticamente con el mío y el de los otros dos hermanos plateados (Mateo y Sano), me urge ponerlo en contacto con el resto de la tribu.

“Tenemos que hacer cosas con Tomás”, probablemente le haya dicho a Mateo.

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Podrías hacerlo mejor

Hoy fue un buen día. Pero no fue un buen día de los que se compran en el mercadito de abajo de mi edificio. Fue un buen día con sus particularidades. Tímidas particularidades, de todos modos.

Me desperté con Turing ronroneando al lado de mi cara. El pequeño motorcito que pudo, como suelo decirle cuando gira la llave y se enciende. Como casi todos los días, antes de las ocho estaba despierto. Preparé café y dejé todo en su lugar para volver más tarde a ordenar y limpiar la cocina. Leí algunas noticias y sabiendo que tenía un día entero por delante pensé cómo podría sumar ruido a mis tareas diarias. ¿Qué tal si aprovecho la nueva disposición de la sala de estar para hacer mis cosas mientras veo alguna serie?

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Como un murciélago debajo de la luz

Veo a alguien más en mis palabras cuando le digo que escriba, que escriba sobre todo lo que se le cruza por la cabeza. Y cuando encuentro a alguien más en mis palabras me doy cuenta de la facilidad con la que podemos hacernos de palabras ajenas, aunque nosotros mismos no les prestemos atención.

Cuando tenía unos doce años me escapaba de la realidad transcribiendo letras de canciones impresas en tamaño A6 en un cuaderno, llegué a copiar unas ciento cincuenta. Me gustaba la mecánica de escribir, era una tarea mayormente descerebrada, aunque ayudaba a que mi memoria las registrara con aceptable fidelidad. Fue alrededor de esa edad que comencé a escribir con pluma y tinta negra. Aún conservo esos cuadernos.

Un mixtape es una cinta con una selección de canciones hechas para alguien más. Es una de las formas más delicadas de transmitir un sentimiento, a partir de la música y palabras de alguien más. Estoy seguro de que esta explicación deberá tener varios párrafos para cuando algún día se la intente transmitir a mis hijos. “¿Una cinta?”

No pude reconocer ninguna silueta en el cielo neoyorquino, desde una considerable altura. ¿Es esa la estatua de la libertad?

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Treinta mil pies

Suena esa campanita otra vez. Nunca supe bien qué significaba, creo que algo tiene que ver con los cinturones. El piloto nos cuenta en portugués que nos acercamos a Buenos Aires, que el clima es bueno con una temperatura de unos 20°C y por algún motivo nos cuenta que estamos a 30 mil pies. ¿A quién se le ocurre medir la altura a la que viaja un avión en pies? Luego repite en inglés, pero a la mitad se cansa y omite la mitad de datos que dijo la primera vez. No pasa un minuto para que una de las tripulantes de a bordo nos repita los mismos datos, que hacen veinte grados y que llegaremos media hora pasada de las diez de la mañana.

Una especie de reloj imaginario cuenta para atrás el momento en que el avión toque el suelo, y si no fuera imaginario no se podria escuchar el incesante tic tac, apagado por el sonido ensordecedor de las turbinas.

Renuncio en este acto a cerrar el viaje en un puñado de torpes líneas, pero no detendré mis dedos de volcar alguna descripción del sabor que me queda, trece aviones más tarde.
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Parque de animales berlinés

No viajamos a Hamburgo. No podría decir que eso fue culpa mía, pero no tenía energía para tal aventura en ese momento. Diciembre se nos escapaba entre los dedos y hacía sólo cuatro días que estaba en Berlín. Poco más de una semana antes estaba preparando la última charla que di antes de viajar. Apenas si había enchufado mi batería y no me sentía como desenchufándome una vez más para salir a la aventura. Me apenaba encontrarme a mi mismo con esa falta de energía, pero fue oportunidad para notar en carne propia la diferencia entre lo que queremos y cómo nos sentimos.

En Hamburgo se celebraría la trigésima Chaos Computer Congress, reunión cumbre de los hackers de todo el mundo y lugar ideal para charlar con decenas de referentes. Pero no había sido planeado y mi capacidad para lidiar con lo no planeado muchas veces se ve notablemente afectada por mi cansancio. Esto es, falto de energías me vuelvo mucho menos dinámico y mucho más rígido. Todos mis sistemas empiezan a funcionar de manera extraña. Desde mi hipersensibilidad a los sonidos, tacto y olores hasta mi capacidad para desenvolverme en el caos.

En cambio, aquél sábado 28 lo pasamos editando el que sería el primer video de nuestra aventura:

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Cruzando el océano (para ver mejor del otro lado)

Los últimos días en Buenos Aires no estuvieron marcados por ningún color en particular. En realidad, me costaba bastante hacerme de la idea de que pronto dejaría el país por más tiempo que nunca antes. De hecho, desde que me mudé de Bariloche a Buenos Aires, nunca me había ido de la ciudad por más de un mes y medio o dos como mucho. Pero al mismo tiempo, suele costarme proyectarme a mi mismo en el futuro, o en el pasado. Soy el tipo de persona que no puede ir al supermercado si no tiene hambre.

Con cada reunión convirtiéndose en despedida, todos parecían más concientes de mi partida que yo. El 24 de diciembre, Nochebuena, me subiría al avión y brindaría con una azafata, o al menos eso decían cada vez que mencionaba la particular fecha del pasaje. Adelantándonos a la posibilidad de que no hubiera brindis (no lo hubo), con mis mejores amigos brindamos la noche anterior. No fue una gran celebración, el cansancio y el calor pudieron con lo mejor de nosotros, y terminamos repartidos por la casa buscando algo de aire fresco para poder dormir. A la mañana siguiente, y sin despertador, abrí los ojos cansados a eso de las siete.

Primero lo primero: revisaría el vuelo. Para mi sorpresa el sistema de LAN no me dejaba hacer check in. Aparentemente nunca había aceptado un ‘cambio de itinerario’ que forzaron en mi reserva unos meses antes. Mi viaje en vez de tener una hora de espera en Santiago de Chile (SCL), tendría más de 4. Una breve llamada más tarde y estaba todo listo. Me adelanté a declarar los equipos del hackumental en la página de Aduana – AFIP cuando caí en la cuenta de que no tenía tinta en la impresora, además de una especie de crisis de identidad.

Alisté todos los talones para volar (EZE-SCL, SCL-MAD, MAD-TXL) y la declaración en PDFs y salí con Ayrton a la búsqueda de un locutorio. A las 9 am. Un feriado. En San Telmo.

¡Por suerte pude sorprenderme! Encontramos uno a la vuelta del departamento, que abrió al mejor estilo argentino unos quince minutos tarde, y pude imprimir todo por el costo de un café con leche con medialunas. Esto es, bastante caro.

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Compraré la florería entera

Cuando mi papá se fue de visita a terapia intensiva, no podía pensar claramente. Ayer caminando a casa recordé esta canción que cuando escuché por primera vez inmediatamente me recordó a mis padres.

La canción siempre tuvo sentido en relación a ellos, pero en un giro inesperado de sucesos la letra cobró todo otro sentido en los últimos días.

«I swear when I grow up I won’t just buy you a rose, I will buy the flower shop, and you will never be lonely»

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